3 de abril de 2025
La contaminación acústica en Antofagasta no es solo un problema ambiental; es una barrera que afecta la calidad de vida de todos, pero especialmente de las personas dentro del espectro autista. Para ellas, el ruido excesivo no es solo una molestia, sino una fuente de estrés y sobrecarga sensorial que dificulta su día a día. Sin embargo, ¿qué estamos haciendo para construir una ciudad más silenciosa e inclusiva?
El transporte público es uno de los mayores generadores de ruido en nuestra ciudad. No solo afecta al exterior con sus motores y frenadas estridentes, sino también al interior, donde los niveles de ruido son abrumadores para todos, pero especialmente para las personas con hipersensibilidad auditiva. Esto convierte a los buses en un medio de transporte poco amigable, especialmente para quienes necesitan un ambiente más tranquilo. Afortunadamente, hay avances: la incorporación de buses eléctricos a la flota es un paso importante hacia un transporte más silencioso y sostenible. Pero aún queda mucho por hacer. Es necesario que toda la flota de transporte público de la ciudad y la región pase a la electromovilidad, al fin y al cabo, somos la región donde se extraen los materiales para las baterías que impulsan este tipo de vehículos.
Otro ejemplo claro es el paseo del borde costero, un espacio que debería ser un lugar de esparcimiento y conexión con el mar. Sin embargo, la presencia constante de camiones de alto tonelaje, que pueden alcanzar hasta 110 decibeles al frenar, lo convierte en un espacio hostil. ¿Cómo podemos esperar que la costanera sea un lugar amigable si no abordamos este problema de raíz?
En el ámbito educacional, la situación no es mejor. Las salas de clases y los establecimientos educativos no están adecuadamente ambientados para generar un ambiente calmo, esencial para la enseñanza y el aprendizaje. El tiempo de reverberación en las aulas suele superar los 1,5 segundos, cuando lo óptimo ronda los 0,5 segundos. Esto no solo afecta a los estudiantes dentro del espectro autista, sino a todos, incluyendo a los profesores, dificultando la entrega de información, la concentración y el rendimiento académico. Sin embargo, hay esperanza. Iniciativas como las impulsadas por la Fundación Minera Escondida y CREO Antofagasta en el Complejo Educativo Juan José Latorre de Mejillones y en la Escuela República de Estados Unidos han demostrado que es posible mejorar estos espacios. En esta última, por ejemplo, se rediseñaron las áreas de esparcimiento para hacerlas más inclusivas, incorporando juegos y áreas verdes que benefician a toda la comunidad escolar.
Estos proyectos son un ejemplo de cómo, con voluntad y colaboración, podemos transformar nuestros espacios en lugares más amigables y accesibles para todos. Pero no podemos detenernos aquí. Es urgente que nuestras autoridades empujen y apoyen iniciativas que promuevan una ciudad más silenciosa. Parques, paseos, calles, plazas, escuelas, liceos, colegios y hospitales deben ser diseñados pensando en las necesidades de todos, incluyendo a las personas dentro del espectro autista.
Antofagasta tiene la oportunidad de convertirse en un referente de inclusión y sostenibilidad. Para lograrlo, no necesitamos palabras que con el ruido de nuestra ciudad ni se escuchan; necesitamos acciones concretas. Cada paso que demos hacia una ciudad más silenciosa y accesible no solo mejorará la vida de las personas dentro del espectro autista, sino que también nos acercará a una sociedad más consciente, respetuosa y empática. Al parecer como la contaminación acústica en nuestra ciudad es tal, que todas nuestras autoridades que son Alcalde, Gobernador, Senadores, Diputados, Concejales Municipales y Regionales ya quedaron sordos... ¿o solo se estarán haciendo los sordos? Pareciera que no sienten la necesidad de erradicar este grave contaminante y enemigo de todos.